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207 años del Inicio

de la independencia de México


El cine llega a

Cosalá

Crónicas

La mina perdida y su campana de plata

El Ingeniero, llegó al patio de la casa, como una de las tantas tardes que lo hacia, después de terminar su trabajo en la compañía minera. Su visita diaria, era esperada alrededor de las cinco de la tarde.
Liberato, gritó la mujer, aquí está el Ingeniero. Ya voy, dijo el hombre desde el interior, del único cuarto de la vivienda, modesta, pero muy a la medida, para aquel matrimonio sin hijos. Aparte de la recámara, la cocina, y un portal al frente, viendo hacia el centro del mineral, completaban la construcción.
Salió el dueño, saludando de mano, al recién llegado, dándole las buenas tardes. Traía una silla en cada mano. Las acomodó en el patio, invitando a la visita a sentarse. En tanto se acomodaban, Altagracia su mujer, se metió en la cocina, para preparar el café, que pronto disfrutarían los dos hombres.
La amistad venía de pocos meses atrás. Se habían conocido en un billar, de ahí surgió la primera invitación, después de jugar algunas mesas. Comenzaron a saborear el café, platicando de algunos temas del lugar, cosas rutinarias sin mayor importancia.
Mientras la charla avanzaba, el Ingeniero, como era su costumbre de semanas atrás, tomaba distraídamente algunas piedras del patio. Algunas las lanzaba a corta distancia, guardando otras en la bolsa de su camisa.
De repente preguntó ¿Esta casa Usted la compró hecha o la construyó?. No, yo la hice. Mire en realidad, el terreno no existía, era pura ladera. Con pala y pico, hice un rebaje en el cerro. Me encontré la tierra blandita, parece que es un terreno viejo, que vaciaron aquí de una mina. Levanté ese murito de piedra al frente. Empareje el pedazo y quedo listo para la casa. Hará cosa de unos 8 años. Ya ve, es chico, pero para nosotros dos, no necesitamos mas.
El otro, no encontraba, como soltarle la razón de su visita en esa ocasión.
Mire Don Liberato, le traigo una noticia, que creo que es buena para ustedes. La mujer, desde la cocina, no perdía una sílaba de la platica. Al oír, que la cosa era para los dos, luego se acercó a los dos hombres. El Ingeniero, continuó con una exposición, que era una proposición. La compañía, necesita instalar una torre para el teleférico en este lugar. El tirón entre esas dos, es muy largo, mire, decía señalando dos armazones. Los cables se cuelgan. Con otro armazón de sostén se evitará eso. Este es el lugar para colocarlo.
A cambio de ello, la compañía, les dará otra casa mejor situada, enfrente con agua y luz. Es como el doble de esta. Además, les pagarán el valor que consideren tiene aquí.
La pareja no contestó, pero el volvió a la carga. En un día, se pueden cambiar, nosotros lo haremos. Mandamos un camión con cargadores. Para llevar todo. Aquella, ya está lista, para que Doña Altagracia empiece a mandar en ella.
La pareja no abría la boca. Únicamente se miraban. Al fin habló el dueño. Esta bien el negocio. ¿Cuándo me pagarían?. En el momento. El día que desocupe, pasa por su dinero. Trato hecho, Ingeniero. Este Sábado nos vamos. Trato cerrado Don Liberato. Hizo Usted un buen negocio, por el lado que lo vea. Terminó el café, despidiéndose con un apretón de manos.
Efectivamente, el Domingo, estaba la casa sola, como lo habían convenido. El Lunes temprano, llegó una cuadrilla de trabajadores. En la tarde, ya habían demolido la vivienda, dejando limpio el terreno. Al día siguiente, arribaron dos camiones al borde del muro, comenzando a cargar toda la tierra del patio.
Empezaron a profundizar en la extracción, hasta encontrar laja. Continuaron hacia arriba. En 15 días habían terminado con el terreno. Ahí terminaba. Por todos lados eran rocas. No había mas tierra. El misterio, recorrió su velo.
En la visita del as tardes, el Ingeniero, se llevaba en la bolsa de la camisa, diversas piedras, de diferentes lugares del patio. Conocedor, como minero, de inmediato analizó las muestras, encontrando una altísima ley de plata y buena cantidad de oro. Debajo de la casa, estaba la mina, de donde habían extraído la tierra. Lo reportó a la compañía, que se puso en ascuas por adquirir el lugar.
El Geólogo, siguió con toda clase de sondeos, en los alrededores de aquella parte, pero nada. No existía ninguna mina, ni indicios que la hubiera. Ningún indicador, de donde provenía el terreno.
Ahí tomó cuerpo, la leyenda de la riquísima veta perdida, y su campana de plata.
Se decía, que en la parte alta del cerro, mas o menos el año de 1815, tres Gambusinos Españoles, habían encontrado, una extraordinaria veta de plata, muy superior a todas las demás de la región. Empezando a trabajarla con gran éxito. Lo primero que hicieron ya en bonanza, fue fundir una campana de plata maciza, que colocaron en la boca de la mina. En ella, daban el toque de Animas y el del Ángelus. Su sonido tan fino, se escuchaba en todo el cerro.
Apenas seis años después, en 1821, vino la Independencia de México. Los propietarios, suspendieron las operaciones. Dinamitaron los túneles que tenían. Taparon la boca de la mina, acarreando hasta el fondo de la quebrada, los terrenos, para no dejar ninguna huella, mientras pasaba el asunto de la Independencia. Dejaron dentro de la mina la campana de plata, también sepultada con la veta.
Las crecientes anuales de la quebrada, se llevaron en su cauce, los terrenos arrojado en ella. En esa época, el sistema, para la separación del metal, obtenía únicamente el 70%. El restante 30% se quedaba en la tierra, y era arrojado como desperdicio.
A esa quebrada, que cruza el centro de Guadalupe de los Reyes, fueron arrojados de la mina grande, miles de toneladas sobrantes, con un 30% de existencia de metal fino, el agua llevó al río, y posiblemente caminaron hasta el mar. Una enorme fortuna, quedó regada en el cauce.
Con las lluvias, creció la arboleda en el lugar donde estuvo la mina. Toda huella, quedó borrada. Sus propietarios, jamás volvieron por todo aquello.
En las noches de tormenta, cuando soplaban fuertes rachas de aire, por alguna hendidura, los ventarrones filtraban al interior, haciendo sonar la campana de plata. Su tañer, se escuchaba por todo el cerro, sobrecogiendo a los habitantes del mineral de Guadalupe. Esta leyenda, la oí con frecuencia.
Fui a Guadalupe, hace pocos años, en calidad de turista, y medio hijo del lugar. Todos los conocidos de mi niñez, no existían mas ahí. Solo Pancha Nevárez, cargada de años y de reumas, seguía firme en el lugar. Ya sin su puesto de comida en el mercado. De este, solo quedaba la historia. Fui a visitarla. Me recibió. Como siempre con grandes muestras de aprecio. Nos quiso mucho a toda la familia. En la larga visita, hizo muchos recuerdos de la bonanza de ahí, que le habían tocado vivir, durante sus 80 años, de los ausentes y los desaparecidos.
Oiga Pancha, le pregunté ¿ Usted oyó sonar alguna vez la campana de plata?
No, me respondió. Nunca la oí.
Los tatitas, me platicaron, que ellos si la oyeron, claramente, cuando hacia mucho viento en el cañón. Les daba, tanto miedo, y se ponían a rezar a las animas del purgatorio. Esa mina, no creas, la han buscado mucho, sin encontrar nada. Siempre han dicho que está embrujada.
Lo que si he de decir, es que la casa que tumbaron, buscándola mina, era de mi comadre Altagracia. Ella me platicó muy bien la historia. Se enojaron mucho con el Ingeniero, no le volvieron a hablar. Eso si me consta.
Escucharla, no, no, nada de eso. Para que te voy a salir con mentiras.

Autor: Octavio Aragón

Los antiguos minerales

Unos 30 kilómetros al Oriente, se encuentra una ranchería llamada El Saucito, donde vivía y tenía un rancho ganadero Don Francisco Basilio Iriarte. Un día 11 de Diciembre una de sus vacas que estaban por parir, no se dejó ver por los alrededores, el propietario sospechando que ya había producido, mando dos vaqueros a que la rastrearan. La encontraron, no teniendo donde enredarla decidieron clavar una estaca, la que sirvió de poste. Ya oscurecía cuando ocurrió esto; la noche se echaba encima, era el mes de Diciembre y una equipata los acompañó toda la noche, teniendo necesidad de acampar ahí. Llegó aquel inconsolable amanecer del 12 de Diciembre de 1800, apretándose el mecate con la llovizna persistente. No lo pudieron desatar, optando por sacar nuevamente la estaca clavada la tarde anterior la que al salir a la superficie llevaba adherido el metal, que mostraron a Don Francisco Basilio, encontrándose por un mero accidente la famosa mina.Sin embargo Don Eustaquio Buelna, con su Compendio de 1877, dice que fue encontrada por unos individuos que buscaban vetas y colmenas. Estos la mostraron y vendieron al citado Iriarte el 6 de Enero de 1801. Conjugando los nombres de su descubrimiento y registro, se formó el de Guadalupe de los Reyes, día de la Virgen de Guadalupe y los Santos Reyes respectivamente. En este fundo se encuentran enclavadas varias minas, siendo las más famosas “La Descubridora” y “La Estaca”, por lo narrado de la vaca parida, tiene su validez esta historia que siempre he oído, aunque esta segunda fue registrada en 1804. por Don Francisco Iriarte Conde, hijo de Don Francisco Basilio.
Al principio se trabajó por tres socios, pero la pobreza de sus resultados, hizo retirar a dos de ellos, quedando únicamente Iriarte Conde, quien siguió adelante con los trabajos, gastando todo su capital y el de su esposa, viéndose sujeto a varias provisiones. Sin embargo encontró al fin la veta madre, lo que trajo una gran bonanza, pues en 1830 y otros posteriores, daba un ensaye de mas de un millón de pesos anuales. De 1835 a 1838, se trabajó con poca actividad, produciendo un millón doscientos mil pesos, con un gasto de 418 mil pesos. D e esta mina salió el dinero necesario para que Iriarte Conde, lograra la creación del Estado de Sinaloa. A la muerte del Patricio Cosalteco, sus herederos fueron concursados por deudas, se dice que derivadas de una partida de barajas, celebrada en la Ciudad de México, donde uno de los Iriarte, apostó a un albur la enorme suma de ochenta mil pesos. No los tenía consigo, pagando con acciones de la mina la corazonada, al apostar a una sota de piernas regordetas, viniendo un caballo de fina estampa.

El Siglo XX
Transportaban a Mazatlán las barras de oro y plata ya quintadas. Apertura del campo de aviación de El Potrerillo, unos 10 kilómetros de Guadalupe, que en 1930, conocía como la palma de su mano las avionetas que transportaban el metal, dando en esta forma mas seguridad al traslado de energía eléctrica de 24 horas, para los mineros que los Domingos vestían de casimir, tenían buen caballo, pistola escuadra, viviendo muy decorosamente en las casas que les proporcionaba la compañía.
Seguridad Social para el personal de todas categorías, con su propio hospital, médicos y enfermeras, el único en el municipio, cuando ni se soñaba que algún día pudiera existir un Seguro Social.
En aquella serranía aislada abundancia de toda las de frutas, trasladadas de Mazatlán, agentes viajeros de Clemente Jacques y Moragrega de Guadalajara, que levantaban pedidos de latería nacional e importada casa por casa. tienda de la compañía con 16 puertas de acceso, y todo lo habido y por haber, 10 dependientes que terminaban agotados, músicas que no paraban de tocar, vino mezcal y cerveza pacífico que impregnaba el ambiente, cantinas y restaurantes a los que casi no se podía entrar, abarrotados por la clientela.
Rumbosas fiestas del 15 y 16 de Septiembre en la plaza, acordonada por 10 sinfonolas y tres músicas de viento. Hileras de mesas preparando el pollo frito. El acabose en los 12 de Diciembre día de La Patrona. Devoción general al Santo Niño de Atocha, colocado en una casa cerca de el barrio de El Parían. Cines Obrero y Royal trabajando los 365 días del año, Chema Becerra asaltando la conducta de metales. Epifanio Moreno su incansable perseguidor, que al fin logra su objetivo, cuando penetraban por la calle principal, aquel grupo de hombres armados que llevaban ya muerto, atados de pie y manos en un rústico palo de pino, el cadáver de Becerra traicionado por su propia gente, en el rancho de El Tablón, el precio, respetarles la vida a los alzados. Sindicato fuerte que en 1938 exige mas la Cía., la que decide abandonar el lugar, entregando las instalaciones a los obreros como indemnización. Cooperativa que forman y solo recibe como financiamiento un préstamo de $100.000.00, que se agota antes del año.Vales de colores en cartulina, con el sello de la cooperativa, que solo recibe Maximiliano Otañez en su tienda, causantes de su ruina. Hambruna que llega a la mayoría de sus 7,000 habitantes. Asalto masivo en negra noche, a la antigua tienda de la compañía, había que subsistir. Instalaciones que se paralizan. Canastillas que descansan en las torres. El hambre sobre la población, sin respetar ni edades ni sexos. Éxodo doloroso para todo un pueblo. Salidas a media noche a pie, de caravanas de habitantes que no tenían para pagar el pasaje. Plegarias que no surten efecto, la ruina total, sombría e increíble para el emporio apenas dos años atrás. Luz pública y privada que se acaba, regresando por sus dominios perdidos el ocote y las lámparas de petróleo.
Lágrimas que apenas contienen la maestra Faustina Lizárraga. La escuela que se cierra. El final de la función, que se había iniciado 140 años atrás, en una lluviosa mañana de Diciembre, de aquel día que mostraba su cara inconsolable.
San José de las Bocas, El Rosarito, Nuestra Señora, El Pueblo de Alayá, La Rastra, con decorados y actores diferentes representando la misma escena. La ruina, el silencio, la soledad y el olvido siempre piadoso, cubriendo los antiguos minerales, ni para que seguir.

Autor. Octavio Aragón.

Las pequeñas industrias que desaparecieron

Burros cargados de leña, proveniente del rancho La Estancia, al lugar donde muere el arroyo llamado también igual que el rancho, casi en la confluencia con el Arroyo Grande, en ese terreno propiedad hoy de Arturo Corrales, distante un kilómetro al Oriente de Cosalá, donde se ubicaba La Vinata propiedad de Don Pedro Valenzuela. Esta leña sería utilizada como combustible del alambique. En el patio distante unos 20 metros donde se levantaba la construcción, tenían una serie de viguetas, ancladas en la tierra, de unos dos metros de altura cada una, coronadas todas con un cajón de madera, donde tenían las abejas.
El proveedor de la leña, amarró sus burros en estas maderas, después de descargarlos, y se introdujo en el local, a saborear una copita devino caliente que le invitaban los trabajadores. Los burros libres de peso y sudados, se empezaron a rascar en las bases de estas colmenas. Las abejas con el movimiento, empezaron a salir, iniciando un ataque sobre estos provocadores, lanzándose sobre La Vinata, cuyos ocupantes espantados, cerraron todas las puertas, salvándose quizá de morir, cosa que sucedió con los jumentos, que fueron encontrados en sus amarras sin vida, ya a media mañana. Este raro caso que sucedió ahí a principios de siglo, se comentó varios días en el lugar de los hechos, donde se seguía un antiguo procedimiento para la obtención del vino. Ya cocidas las cabezas del mezcal, de molían en canoas de madera de sabino, triturándolas con pizones, y el jugo resultante llamado tuba, se depositaba en cueros de res que colgaban derrochones. 12 días duraba la fermentación, pasando de ahí al alambique que terminaba la labor.
Idéntico procedimiento se seguía en La Vinata que estableció en el año de 1870, cerca de El Llano de La Carrera, Don Juan J. Hernández. La de Valenzuela siempre trabajó en su original sistema, hasta su desaparición, al emigrar la familia a Los Estados Unidos. La de Don Juan se modernizó en 1905, mediante la instalación de un molino, de tres rodillos accionado por bueyes.
Contaba con dos hornos para cocimiento, sustituyendo toneles de madera para el reposo de la tuba, a los antiguos cueros. Su alambique calentado con leña, daba una producción de 340 litros diarios de mezcal, oloroso y muy buscado en la región. Daba ocupación a 20 trabajadores. Anexa estaba la desfibradora, que extraía el ixte de las hojas de la planta, destinado en parte para formar la protección de las damajuanas. Se sembraban anualmente 5,000 plantas en los barrios de Capellanes y El Llano. Esta vinata pasó a propiedad del único hijo que tuvo su fundador, el Sr. Juan B. Hernández, quien llevó acabo algunas innovaciones en la factoría. Estableció el primer teléfono en el Municipio, una línea privada que iba de La Vinata a su casa, de Hidalgo No. 50, trayendo de Estados Unidos el primer molino para pasturas, 40 años antes de que se conocieran los de martillos.

Las instalaciones estaban rodeadas de huertas de frutales, principalmente mango y aguacate, era ese lugar muy popular para paseos y días de campo, visita obligada para quien llegaba a Cosalá. Don Juan Hernández fue mi abuelo por la línea materna, recordando todos estos pasajes de la antigua destiladora, a la que conocí muy de cerca. Aunque de poca capacidad, fue clasificada en la categoría de 1ra. Cuando era de 2da., razón por la que le fueron elevados los impuestos en forma considerable, decidiendo los herederos de Don Juan, clausurar el negocio hace 35 años. De aquella activa fuente de trabajo, que laboraba 9 meses del año, ni sus cimientos quedaron. El olvido cubrió con piedad los recuerdos de la antigua Vinata.
Todos los pueblos asentados en la sierra, parece que tenían un mayor espíritu de empresa, motivada por la necesidad quizás, que es el motor que mueve a la producción. Por la falta de comunicación adecuada, estos lugares tenían que producir, muchos de los artículos necesarios, pues era difícil traerlos de otros lugares. Los Españoles además de sus conocimientos mineros, gente de espíritu emprendedor, es necesario recogerlo con amplitud, en los lugares donde se asentaban, introducía diversos cultivos, de acuerdo con las condiciones de la región. El valle de Cosalá, regado por múlti8ples arroyos, que forman en sus márgenes pequeñas pero muy hermosas vegas, fue un campo ideal para la introducción de la caña de azúcar, traída de Cuba, que dio origen a los molinos de panocha.
Estos proliferaron a lo ancho y largo del Municipio, en cualquier terreno plano, que tuviera la facilidad de irrigarse con un arroyo cercano, surgía el cortijo, con sus pequeños molinos de tracción animal, que en muchos ranchos formaban de hecho una industria de tipo familiar, donde laboraban el padre y los hijos. En el valle de Cosalá, se establecieron ya de mayor cuantía muchos molinos, asentados a la vera de los arroyos Grande y Del Azafrán. Solamente a un radio de 10 kilómetros de la población, existieron 32 molinos, como típicos de negocio familiar los de Vado Hondo, Calafato y Guajino, Llano Grande, sobre otra base los de Cosalá, en sus orillas como El Chorro, Borbolla, La Palma, Palmira, La Esmeralda, Agua Fría, Salcido, que necesitaba cada unidad 16 trabajadores para la jornada normal que sigue siendo de9 cazos, con una producción diaria por molino de dos mil piezas, un peso de media tonelada de panocha lista para su venta.
El ciclo comprende del primero de Enero al 15 de Mayo aproximadamente. Todo se impregnaba con el dulce olor de la molienda, se esperaba con expectación el inicio de estas pequeñas zafras. El maestro del molino llamado “panochero” coordinaba todas las labores, sabiendo en que punto de la ebullición se sacaban los cazos del fuego a base de leña, para proceder a enfriar aquella pasta de color café, para que quedara lista y amoldarse en tablones de madera. El cazo de cobre de 300 litros de capacidad hervía casi 4 horas. Al amenazar tirarse el contenido, se le introducían herramientas que levantaban su contenido, para enfriar un poco el caldo. En un momento dado, llegado a su punto justo, cesaba la ebullición, que está coronada por espuma, bajan de su contenido súbitamente, exclamaba el maestro “ya cayó”, procediendo a sacarlo del horno, entrando en funciones la tabla enfriadora, que al agitar aquella masa hirviente contra las paredes del recipiente, sonaba como el retumbar de un cañón lejano. Cañonazos inconfundibles que anunciaban que ya venía la panocha.
Esta pequeña industria, de la que vivían varios cientos de familias, un buen día tuvo su colapso, encarnado en una especie de arena blanca, llamada azúcar. Primero venía en cubos, y se le llamaba azúcar cúbica, después fue granulada, empezando a desplazar del mercado a la panocha, viendo esta que perdía a gran prisa el terreno que tuvo durante mas de 250 años, y el producto regional mas característico, cedió la plaza rindiendo sus armas. Vino el cierre de factorías quedando avergonzada y en un rincón la modesta panocha, utilizada ya nomás como un ingrediente para buñuelos y capirotadas. De los 32existentes solamente en los alrededores de Cosalá, a duras penas subsisten tres, que ya acusan signos de desfallecimiento, pareciendo que su fin no está lejano.
Si conasupo adquiriera esta poca producción, podría ser la base de un reactivamiento de actividad, y le diera preferencia sobre el piloncillo de Nayarit y Jalisco, que adquiría en una buena cantidad, no se en realidad si todavía lo hará, ayudaría en gran parte a solucionar el problema de comercialización. Sin embargo, este producto ya es cosa del pasado, y a llegado al estado de curiosidad su elaboración, y muy gustados siempre los derivados como el alfeñique, la melcocha, y la panocha compuesta con cacahuates, pasas y versas especies. Y así encontró su casi final, los populares y característicos molinos da caña de Cosalá.
Todos los cueros del ganado sacrificado encontraban el final de su jornada, en las tenerías ubicadas en el barrio de La Canela. Ahí se asentaban la de Jarero, una de las principales, casi la mas antigua, la de Don Pedro Gómez, Roberto Urrea, y al final de este barrio, casi en las orillas del Arroyo del Azafrán, la de Brambila. Jarero asesinado misteriosamente cerca de su tenería, y los tres restantes vencidos por la edad, pusieron punto final a el negocio de la tenería. Ruina y abandono se posesionó de esos lugares, al faltar sus propietarios. Sus descendientes no continuaron esa labor por ausencia de muchos de ellos del solar nativo. Estos cueros son llevados en su mayor parte a la Ciudad de Guadalajara para su beneficio.
Por la calle cerrada de la Fuente, contiguo a la tienda de Virginia Padilla, funcionó muchos años al taller de fabricación de calzado de Jarero, el dueño de la tenería. Era común ver los botines rechinadores, hechos sobre medida, así como el calzado para mujer y niños. Cerró las puertas el negocio a la muerte del su propietario. Años después se estableció ahí el Sr. Evodio Molina, con un ramo igual, auxiliado por su hermano Trinidad. Las máquinas de pespuntar corrían ligeras sobre los cortes, y el desvirado de las suelas casi terminaban el par, que quedaba listo para el adorno y entrega al ordenante. El Sr. Molina, cambió el abarrote por la fabricación, terminando el último taller de zapatos que se conoció.
Esa calle Benito Juárez, pues viera usted que fue muy industriosa, en realidad lo es todavía ya que es asiento de todas las carpinterías, tortillerías, paleterías y algunos otros negocios, Antaño se asentaron ahí las talabarterías de Don Cipriano Corrales y José González. Carpinterías como la de José Ángel García, Miguel Guevara, y variando de rumbo Don Cleofas Beltrán, establecía la de el a espaldas de La Capilla, mientras Mondragón ocupaba el lugar destinado hoy para la terminal de camiones. Todos Desaparecieron.
No aparecían los refrescos a base de cola, y Chico Reina era el precursor de las sodas “La Reina”, con una maquinita de pedal que inyectaba el gas y ponía la corcholata. Poco después lo imitaba Raymundo Aragón, a un lado del cine Cosalá, ya con mas adelantos, elaboraba esta soda en sabores de piña, fresa, frambuesa, limón, pero con una maquina de pedal, y etiquetas de papel engomado, igual que Chico. Estas sodas circulaban por muchos ranchos, estando su elaboración y precisa mezcla de los diferentes sabores, bajo la vigilante mirada de Don Alberto Ceballos, quien no ha perdido la querencia, pues ahora tiene el cine Cosalá. Anexa a la fabrica de sodas, función la planta de hielo, propiedad de Raymundo, que elaboraba dos toneladas diarias, hielo en barras, novedoso pues ya se podían enfriar las cervezas, que siempre se tomaron al tiempo, y por esta circunstancias decían los bebedores, que adquirían sabor a orines de burro. La aparición de los refrescos de cola, dio el tiro de gracia a las pequeñas fabricas de sodas, tan buscadas al salir de la escuela.
Junto con las pequeñas industrias, desapareció también la saludable costumbre de tener gallinas en la casa, para el consumo de huevos que llevaba a cabo la familia, así como las ordeñas, siendo esto tanto en la cabecera, como en los ranchos circunvecinos. Ahora cosa insólita, los huevos, la leche, el queso se llevan de Culiacán a Cosalá, invirtiéndose el camino tradicional. Bueno todas las verduras, pero sin excepción, se trasladan también de la Capital del Estado. ¿Y que ha pasado? Misterios y mas misterios. Se abandonaron las heras de El Chorro, Arroyo Chiquito, Chuchupira, Palo Verde, El Rodeo, coas veremos Mío Cid, mientras atrás quedo solo como un recuerdo, el oloroso vino de mezcal, los molinos que enmudecieron y demás pequeños negocios de fabricación que no pudieron sobrevivir.

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